Jugando con la paz
Juan Antonio - 15-11-2006 15:18:18 | Categoria: Reflexiones

Javier Ortiz
El único que tiene trazado su camino y se limita a seguirlo es el PP. Ha decidido que, si el llamado proceso va adelante, el mayor beneficiario electoral será Rodríguez Zapatero. En consecuencia, no quiere saber nada de contactos, ni de mesas, ni de acuerdos. Se ha apuntado al viejo «cuanto peor, mejor». Desde luego, como la apuesta le salga mal, puede darse de bruces con las urnas. Pero eso no hace menos cierta la afirmación inicial: es el único que lo tiene claro.
En cambio, los dos principales sujetos activos del definido como proceso de paz están metidos en una dinámica más que preocupante. Son como dos conductores que fueran directos a chocar el uno contra el otro y ambos pensaran: «Ése no es tan insensato como para seguir recto. Acabará apartándose.» Pero los dos han hecho la misma reflexión y ninguno de los dos cambia de rumbo.
El Gobierno aseguró que después del verano tendría noticias positivas concretas. No ha dado ninguna. Pronto anunció que no tenía intención de acercar a los presos al País Vasco, e incluso reprochó al PP haberlo hecho en su día, como si fuera un crimen, cuando lo cierto es que, de haber tomado medidas en ese sentido, habría ayudado a favorecer el diálogo, sin apartarse por ello ni un milímetro de la legalidad vigente, sino todo lo contrario. Tampoco se ha atrevido a hacer nada concreto para propiciar el regreso de Batasuna a la legalidad, pese a reconocer que lo desea. En fin, todo indica que sus movimientos subterráneos para allanar el camino de la negociación (de las negociaciones) no se han distinguido por su audacia.
La izquierda abertzale no mejora el panorama. Lo peor y más grave de todo es el retorno de la kale borroka, que quizá Batasuna no organice –no creo que lo haga–, pero que tolera y trata de rentabilizar, pese a que con ello juega con fuego, y nunca mejor dicho. Arnaldo Otegi se comprometió en el mitin de Anoeta a «sacar el conflicto de las calles». No está cumpliendo. Batasuna se ha metido también en una dinámica estrafalaria al reprochar a Zapatero la materialización de resoluciones judiciales que tienen un claro marchamo ideológico y político, pero no progubernamental, precisamente, y al exigir a los gobiernos central y vasco que cesen toda actividad que tenga que ver con «el conflicto», como si la experiencia anterior no obligara a ambos a prepararse para una hipotética ruptura de la tregua. (De hecho, también ETA se prepara para esa eventualidad.)
Otegi afirmó también en Anoeta: «Es más difícil hacer la paz que hacer la guerra». Lo que entonces pareció una propuesta toma ahora todos los visos de una autocrítica.
Tanto el Gobierno como Batasuna, cada uno a su modo, se están jugando su futuro político. Pero eso, hasta cierto punto, es lo de menos. Lo peor es que se están jugando también la paz.
En cambio, los dos principales sujetos activos del definido como proceso de paz están metidos en una dinámica más que preocupante. Son como dos conductores que fueran directos a chocar el uno contra el otro y ambos pensaran: «Ése no es tan insensato como para seguir recto. Acabará apartándose.» Pero los dos han hecho la misma reflexión y ninguno de los dos cambia de rumbo.
El Gobierno aseguró que después del verano tendría noticias positivas concretas. No ha dado ninguna. Pronto anunció que no tenía intención de acercar a los presos al País Vasco, e incluso reprochó al PP haberlo hecho en su día, como si fuera un crimen, cuando lo cierto es que, de haber tomado medidas en ese sentido, habría ayudado a favorecer el diálogo, sin apartarse por ello ni un milímetro de la legalidad vigente, sino todo lo contrario. Tampoco se ha atrevido a hacer nada concreto para propiciar el regreso de Batasuna a la legalidad, pese a reconocer que lo desea. En fin, todo indica que sus movimientos subterráneos para allanar el camino de la negociación (de las negociaciones) no se han distinguido por su audacia.
La izquierda abertzale no mejora el panorama. Lo peor y más grave de todo es el retorno de la kale borroka, que quizá Batasuna no organice –no creo que lo haga–, pero que tolera y trata de rentabilizar, pese a que con ello juega con fuego, y nunca mejor dicho. Arnaldo Otegi se comprometió en el mitin de Anoeta a «sacar el conflicto de las calles». No está cumpliendo. Batasuna se ha metido también en una dinámica estrafalaria al reprochar a Zapatero la materialización de resoluciones judiciales que tienen un claro marchamo ideológico y político, pero no progubernamental, precisamente, y al exigir a los gobiernos central y vasco que cesen toda actividad que tenga que ver con «el conflicto», como si la experiencia anterior no obligara a ambos a prepararse para una hipotética ruptura de la tregua. (De hecho, también ETA se prepara para esa eventualidad.)
Otegi afirmó también en Anoeta: «Es más difícil hacer la paz que hacer la guerra». Lo que entonces pareció una propuesta toma ahora todos los visos de una autocrítica.
Tanto el Gobierno como Batasuna, cada uno a su modo, se están jugando su futuro político. Pero eso, hasta cierto punto, es lo de menos. Lo peor es que se están jugando también la paz.
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Conviene puntualizar algún que otro aspecto.
Antes que nada, la tendencia que observo en el artículo a equiparar, sin más, las posiciones de una y otra parte (Gobierno y Complejo-ETA) dentro de un proceso cuyo objetivo primordial entiendo, que no debería ser otro que la normalización de la participación política, (esto es el que lleguen a promover los ideales propios sin servirse directa o indirectamente de la violencia) de un 10 a 12% de la población vasca, alineada hoy con el abertzalismo más radical.
Las diferencias entre el Gobierno y los portavoces abertzales, por ahora muy difíciles de superar, están, de entrada, en el significado que cada uno quiere atribuir al llamado "proceso de paz".
El Gobierno trata de que constituya el paso definitivo para reconducirles a la "legalidad política" (operación que la mayoría del resto de partidos tuvo que verificar durante la Transición de los 70 y que ellos aún no han efectuado), de ahí que se muestre reacio a descartarse desde el primer momento con las -relativamente- pocas bazas con que cuenta en la negociación.
Y el abertzalismo radical, por su parte, pretende conferirle aires de un "armisticio bélico" en donde el silencio de las armas pueda interpretarse en su entorno como contrapartida de "concesiones relativas a la soberanía para el País Vasco"; logradas, evidentemente, tras una negociación en la que ellos se revaliden como verdaderos artífices de la Política Vasca, en un contexto de gran proyección internacional. De ahí que no quieran "picar" dejando que se centre la negociación en la mejora de la situación de sus presos, juicios pendientes, posibles indultos... lo que les dejaría en situación de bastante debilidad para justificarse políticamente. Este frente lo reconducen acudiendo directamente a la "violencia de baja intensidad".Comentario de Jesús hace 3 años y 37 meses
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