José Luis Serrano y sus Caorama
Juan Antonio - 25-10-2006 16:34:07 | Categoria: Cultura

El profesor y escritor granadino José Luis Serrano, ha sido el invitado del programa El Público que se ha emitido en Canal 2 Andalucía, el pasado domingo 22 de octubre, y en reposicion esta mañana.
En el programa se ha presentado la novela: 'Zawi' . La guerra civil del año 1009, la figura incomparable de Almanzor, la vida de Zawi Zirí -mercenario bereber en el al-Ándalus- y la fundación del reino de Granada son los cuatro ejes narrativos de este libro. Un novela en la que José Luis Serrano cuestiona la existencia de la invasión árabe y la Reconquista.

"La Reconquista como leyenda nacional española no puede reconocer que Granada fue fundada en el siglo XI. Si Granada es la ciudad que cierra la Reconquista y no es la misma ciudad romana que se llamó Elvira, sino que probablemente es una fundación judía y después beréber del siglo XI, no pudo ser conquistada ni reconquistada, con lo que el mito entero se viene abajo. La Reconquista como leyenda nacional española necesita que Granada sea reconquistada; entonces no se puede reconocer que fue fundada en el siglo XI.
Pocos saben que Almanzor era de Málaga (Torrox) y que su lengua procede del latín ¿Cómo nos han explicado la Historia? Nos han contado que Al-Ándalus conquistó la península y que en Covadonga comenzó la Reconquista que terminó en Granada, sin embargo los árabes nunca nos invadieron como raza, porque entre otras cosas eran un pueblo que no conocía la herradura y que difícilmente podrían haberlo logrado".
Bajo estas premisas, la versión que propone Serrano habla de una guerra civil entre distintos pueblos godos, añadida a la entrada del Corán, que, según el autor, no se produce en el siglo VIII, sino en el siglo XI con la llegada de los almorávides. Entre los datos que aporta para sustentar este argumento se encuentra una carta que el obispo de Córdoba, San Eulogio, dirigió al prior de Leyre y en la que le agradece haberle permitido disfrutar de su biblioteca en la que, en el año 805, descubrió la existencia de "un poeta nefasto" llamado Mahoma. "Se supone que llevábamos siglo y medio invadidos pero San Eulogio no sabía quién era Mahoma", dice el autor.
Entre las sorprendentes afirmaciones que realiza Serrano también destaca la de que la Mezquita de Córdoba no es tal, sino una basílica arriana. "¿Qué culto permite un mar de columnas entre el oficiante y el público? Ni el musulmán ni el católico actual. Esa arquitectura no es tan incompatible con la sinagoga, pero lo más probable es que provenga de un ritual perdido propio del cristianismo unitario", asegura.
Exquisitos retratos de los reinos, los palacios y las cortes andalusíes; trepidantes descripciones del fragor de las batallas y unos personajes inolvidables. Una novela de aventuras que puede ser leída como tal, pero también un texto muy respetuoso con la historia.
Interesado por este escritor andaluz, he visitado su web, y me he encontrado con lo que él llama "Caorama". Una delicia. Sigue leyendo y descubrelos.
En el programa se ha presentado la novela: 'Zawi' . La guerra civil del año 1009, la figura incomparable de Almanzor, la vida de Zawi Zirí -mercenario bereber en el al-Ándalus- y la fundación del reino de Granada son los cuatro ejes narrativos de este libro. Un novela en la que José Luis Serrano cuestiona la existencia de la invasión árabe y la Reconquista.

"La Reconquista como leyenda nacional española no puede reconocer que Granada fue fundada en el siglo XI. Si Granada es la ciudad que cierra la Reconquista y no es la misma ciudad romana que se llamó Elvira, sino que probablemente es una fundación judía y después beréber del siglo XI, no pudo ser conquistada ni reconquistada, con lo que el mito entero se viene abajo. La Reconquista como leyenda nacional española necesita que Granada sea reconquistada; entonces no se puede reconocer que fue fundada en el siglo XI.
Pocos saben que Almanzor era de Málaga (Torrox) y que su lengua procede del latín ¿Cómo nos han explicado la Historia? Nos han contado que Al-Ándalus conquistó la península y que en Covadonga comenzó la Reconquista que terminó en Granada, sin embargo los árabes nunca nos invadieron como raza, porque entre otras cosas eran un pueblo que no conocía la herradura y que difícilmente podrían haberlo logrado".
Bajo estas premisas, la versión que propone Serrano habla de una guerra civil entre distintos pueblos godos, añadida a la entrada del Corán, que, según el autor, no se produce en el siglo VIII, sino en el siglo XI con la llegada de los almorávides. Entre los datos que aporta para sustentar este argumento se encuentra una carta que el obispo de Córdoba, San Eulogio, dirigió al prior de Leyre y en la que le agradece haberle permitido disfrutar de su biblioteca en la que, en el año 805, descubrió la existencia de "un poeta nefasto" llamado Mahoma. "Se supone que llevábamos siglo y medio invadidos pero San Eulogio no sabía quién era Mahoma", dice el autor.
Entre las sorprendentes afirmaciones que realiza Serrano también destaca la de que la Mezquita de Córdoba no es tal, sino una basílica arriana. "¿Qué culto permite un mar de columnas entre el oficiante y el público? Ni el musulmán ni el católico actual. Esa arquitectura no es tan incompatible con la sinagoga, pero lo más probable es que provenga de un ritual perdido propio del cristianismo unitario", asegura.
Exquisitos retratos de los reinos, los palacios y las cortes andalusíes; trepidantes descripciones del fragor de las batallas y unos personajes inolvidables. Una novela de aventuras que puede ser leída como tal, pero también un texto muy respetuoso con la historia.
Interesado por este escritor andaluz, he visitado su web, y me he encontrado con lo que él llama "Caorama". Una delicia. Sigue leyendo y descubrelos.
Caorama 1
Somos lo que leemos y puede que, a partir de cierta edad, sólo podamos leer lo que somos.
A los diecisiete años, un verano, se lee un libro y ese libro ya es constitutivo, se queda en el alma toda la vida aunque parezca que se ha olvidado. Lo sepan o no, los adolescentes se empapan y se moldean con la lectura (o con la no-lectura que cuando es militante es otra forma terrible y simple de leer la realidad). Los adultos, por el contrario, vemos ya cada página como si fuese un espejo, porque entre las letras sólo podemos distinguir aquello que somos. Incluso los activistas de la no-lectura, los que presumen de no leer jamás, se encuentran con su propio rostro en cualquier prospecto de medicamentos o en las instrucciones de uso de la termomix. Y entonces viene el pánico, porque el rostro reflejado no puede ser nuestro rostro, sino la cara de un tipo de más edad que nos recuerda a nuestro padre.
Los caoramas son un espejo para adultos. Se pueden leer con la tranquilidad de que son un espejo que adelgaza y suaviza las facciones. Prometen ser ligeros como la brisa, una combinación suave de opinión y literatura, de periodismo y relato, de lo local con lo universal. Si un panorama es una mirada sobre el todo, y el todo, decía Hegel, es lo verdadero, entonces un caorama es lo contrario. Si usted quiere parecerse a Hegel no lea esta columna, porque se asustará. Los caoramas son miradas sueltas sobre el caos que renuncian a mirar el todo, porque creen saber que el todo -como decía Adorno- es lo no verdadero.
Si una cosmovisión es una visión estudiosa del cosmos, del mundo ordenado; entonces un caorama es una mirada especular sobre el caos de la ciudad que, al final, resulta ser el caos de la identidad y mi propio caos.
A los diecisiete años, un verano, se lee un libro y ese libro ya es constitutivo, se queda en el alma toda la vida aunque parezca que se ha olvidado. Lo sepan o no, los adolescentes se empapan y se moldean con la lectura (o con la no-lectura que cuando es militante es otra forma terrible y simple de leer la realidad). Los adultos, por el contrario, vemos ya cada página como si fuese un espejo, porque entre las letras sólo podemos distinguir aquello que somos. Incluso los activistas de la no-lectura, los que presumen de no leer jamás, se encuentran con su propio rostro en cualquier prospecto de medicamentos o en las instrucciones de uso de la termomix. Y entonces viene el pánico, porque el rostro reflejado no puede ser nuestro rostro, sino la cara de un tipo de más edad que nos recuerda a nuestro padre.
Los caoramas son un espejo para adultos. Se pueden leer con la tranquilidad de que son un espejo que adelgaza y suaviza las facciones. Prometen ser ligeros como la brisa, una combinación suave de opinión y literatura, de periodismo y relato, de lo local con lo universal. Si un panorama es una mirada sobre el todo, y el todo, decía Hegel, es lo verdadero, entonces un caorama es lo contrario. Si usted quiere parecerse a Hegel no lea esta columna, porque se asustará. Los caoramas son miradas sueltas sobre el caos que renuncian a mirar el todo, porque creen saber que el todo -como decía Adorno- es lo no verdadero.
Si una cosmovisión es una visión estudiosa del cosmos, del mundo ordenado; entonces un caorama es una mirada especular sobre el caos de la ciudad que, al final, resulta ser el caos de la identidad y mi propio caos.
31.10.2003
Leer hasta entrada la noche
Este otoño raro y caluroso, los días se me dividen en dos: hay días bonitos y hay días en los que no leo, es decir, terribles.
Hay días en los que por la noche siento que mi cara en el espejo es la cara que he buscado entre las líneas de libros durante todo el día. Pero hay noches, en cambio, en las que mirar al espejo es descubrir a un tipo desencajado y nervioso que ha dedicado su día a aparcar un coche viejo, a correr y a no llegar a ninguna parte, a protestar por un retraso, a competir por un taxi, a maldecir a un político, a excusarme por un olvido.
Sólo me consuela saber que no soy yo, que es la ciudad la que no funciona. Medio millón de criaturas se desplazan por una circunvalación sin destino, doscientos mil coches entre el polvo de las obras, niños enlatados durante horas en autobuses escolares y la sensación nítida de que en el aire hay ira, de que respiramos rabia. No soy yo quien se ha equivocado: es la ciudad y sus dirigentes.
Hubo años en que tenía tanta fuerza, tanto tiempo y tan pocas responsabilidades que llegué a temer que el porvenir fuera un pasillo anodino en el que cada día fuera a igual a otro. Rogué a mis dioses de entonces que me libraran del sosiego y de la serenidad, y que me enviaran a mis días acción y emociones, amor y desamor. Ahora sé que hay que tener cuidado con lo que se desea, sobre todo porque se consigue. Ahora miro el espejo y ya sé cual es el antepasado que acecha, el anciano que espera. Estoy cansado. No soy mi padre que murió a los ochenta sin haber hecho jamás una cola en el supermercado. Ya no tengo aquellas energías que dediqué al activismo inútil. Ya no soy altruista, ni comprometido. He cumplido otro año y, como dice Cambril, aquí unos cumplimos años y otros legislaturas. Unos padecemos la ciudad y pagamos hipotecas, y otros la planifican con grandes superficies, contra el paisaje y la historia y con seis pisos por cabeza.
Me rindo. Vislumbro con la edad los límites infranqueables, lo que ya nunca haré. Me sé perdido en nimiedades gramaticales y académicas, me sé ajeno a lo que de verdad ocurre. Pero me ha parecido oír el gran rumor de la epopeya andaluza y sólo quiero seguirlo. Es por eso por lo que a mis nuevos dioses, cuyo nombre también ignoro, ya sólo les pido que protejan a mis hijos y que dejen a mis ojos leer hasta entrada la noche.
Hay días en los que por la noche siento que mi cara en el espejo es la cara que he buscado entre las líneas de libros durante todo el día. Pero hay noches, en cambio, en las que mirar al espejo es descubrir a un tipo desencajado y nervioso que ha dedicado su día a aparcar un coche viejo, a correr y a no llegar a ninguna parte, a protestar por un retraso, a competir por un taxi, a maldecir a un político, a excusarme por un olvido.
Sólo me consuela saber que no soy yo, que es la ciudad la que no funciona. Medio millón de criaturas se desplazan por una circunvalación sin destino, doscientos mil coches entre el polvo de las obras, niños enlatados durante horas en autobuses escolares y la sensación nítida de que en el aire hay ira, de que respiramos rabia. No soy yo quien se ha equivocado: es la ciudad y sus dirigentes.
Hubo años en que tenía tanta fuerza, tanto tiempo y tan pocas responsabilidades que llegué a temer que el porvenir fuera un pasillo anodino en el que cada día fuera a igual a otro. Rogué a mis dioses de entonces que me libraran del sosiego y de la serenidad, y que me enviaran a mis días acción y emociones, amor y desamor. Ahora sé que hay que tener cuidado con lo que se desea, sobre todo porque se consigue. Ahora miro el espejo y ya sé cual es el antepasado que acecha, el anciano que espera. Estoy cansado. No soy mi padre que murió a los ochenta sin haber hecho jamás una cola en el supermercado. Ya no tengo aquellas energías que dediqué al activismo inútil. Ya no soy altruista, ni comprometido. He cumplido otro año y, como dice Cambril, aquí unos cumplimos años y otros legislaturas. Unos padecemos la ciudad y pagamos hipotecas, y otros la planifican con grandes superficies, contra el paisaje y la historia y con seis pisos por cabeza.
Me rindo. Vislumbro con la edad los límites infranqueables, lo que ya nunca haré. Me sé perdido en nimiedades gramaticales y académicas, me sé ajeno a lo que de verdad ocurre. Pero me ha parecido oír el gran rumor de la epopeya andaluza y sólo quiero seguirlo. Es por eso por lo que a mis nuevos dioses, cuyo nombre también ignoro, ya sólo les pido que protejan a mis hijos y que dejen a mis ojos leer hasta entrada la noche.
13.10.2006
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