Los cayucos de antes
Juan Antonio - 13-10-2006 20:08:30 | Categoria: Solidaridad

"La Elvira" a su llegada a Puerto de Garupano.
Un velero destartalado ha llegado a la costa con 106 inmigrantes irregulares a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que sólo mide 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable.
La Elvira fue un paupérrimo velero que transportó a más de 100 inmigrantes clandestinos españoles a Venezuela.
Ésta podría ser una historia de hoy. Pero la noticia se produjo el 25 de mayo de 1949, los emigrantes eran españoles y el puerto al que habían arribado, venezolano. El suceso fue publicado en la primera página del diario Agencia Comercial. Aquella portada se ha convertido en mil carteles editados por el Gobierno de Canarias con la leyenda 'Nosotros también fuimos extranjeros'. El consejero de Empleo y Asuntos Sociales del Ejecutivo autónomo, Marcial Morales, espera que sirvan para ayudar a comprender el fenómeno de la inmigración irregular que ahora llega a nuestras playas.
Cuando aquellas 106 personas desembarcaron en Latianoamérica, España estaba hundida en la miseria y machacada por la represión franquista, mientras que Venezuela era una nación emergente. Aunque la diferencia entre ambos estados era menor de la que hoy existe, por ejemplo, entre Nigeria y nuestro país, los españoles experimentaban el mismo efecto salida que empuja a los inmigrantes subsaharianos que llegan a las islas.
En Venezuela habitan hoy 126.000 españoles, la mayoría de origen canario o gallego (el 54% regresaron). Sólo entre 1948-1950, unos 12.000 canarios emigraron. Entre 1900 y 1913, 180.000 emigrantes españoles zarparon al año. Por comunidades, los gallegos, canarios, vascos, catalanes y andaluces fueron los que más emigraron.
¿Como emigraron?. Dependió de la época, y de las leyes migratorias. Hubo cargamentos clandestinos, embarcados en alta mar, o en los puertos de Burdeos, Lisboa, Marsella o Gibraltar, lugares más permisivos. También hubo inmigrantes que viajaron de modo legal, acudiendo a las propuestas de empleo.
¿Por qué...?. Hambre y riquezas. Emigraron por la miseria reinante en el país, o siguiendo a los reclutadores latinoamericanos que prometían riqueza, o a sus propios familiares por sus cartas.
Reproducimos su odisea gracias a los descendientes de uno de ellos, Paco Azcona.
La Elvira fue un paupérrimo velero que transportó a más de 100 inmigrantes clandestinos españoles a Venezuela.
Ésta podría ser una historia de hoy. Pero la noticia se produjo el 25 de mayo de 1949, los emigrantes eran españoles y el puerto al que habían arribado, venezolano. El suceso fue publicado en la primera página del diario Agencia Comercial. Aquella portada se ha convertido en mil carteles editados por el Gobierno de Canarias con la leyenda 'Nosotros también fuimos extranjeros'. El consejero de Empleo y Asuntos Sociales del Ejecutivo autónomo, Marcial Morales, espera que sirvan para ayudar a comprender el fenómeno de la inmigración irregular que ahora llega a nuestras playas.
Cuando aquellas 106 personas desembarcaron en Latianoamérica, España estaba hundida en la miseria y machacada por la represión franquista, mientras que Venezuela era una nación emergente. Aunque la diferencia entre ambos estados era menor de la que hoy existe, por ejemplo, entre Nigeria y nuestro país, los españoles experimentaban el mismo efecto salida que empuja a los inmigrantes subsaharianos que llegan a las islas.
En Venezuela habitan hoy 126.000 españoles, la mayoría de origen canario o gallego (el 54% regresaron). Sólo entre 1948-1950, unos 12.000 canarios emigraron. Entre 1900 y 1913, 180.000 emigrantes españoles zarparon al año. Por comunidades, los gallegos, canarios, vascos, catalanes y andaluces fueron los que más emigraron.
¿Como emigraron?. Dependió de la época, y de las leyes migratorias. Hubo cargamentos clandestinos, embarcados en alta mar, o en los puertos de Burdeos, Lisboa, Marsella o Gibraltar, lugares más permisivos. También hubo inmigrantes que viajaron de modo legal, acudiendo a las propuestas de empleo.
¿Por qué...?. Hambre y riquezas. Emigraron por la miseria reinante en el país, o siguiendo a los reclutadores latinoamericanos que prometían riqueza, o a sus propios familiares por sus cartas.
Reproducimos su odisea gracias a los descendientes de uno de ellos, Paco Azcona.
La historia comenzó el Sábado de Gloria de 1949. Un centenar de personas se deslizaron por el muelle de Las Palmas y embarcaron en varias falúas. La mayoría eran campesinos de Gran Canaria que ganaban 20 pesetas por trabajar de sol a sol y que habían tenido que vender sus cabras para pagar las 4.000 pesetas del billete, una pequeña fortuna para la época. En el pasaje también había 15 tinerfeños, 10 palmeros, cinco cubanos hijos de isleños y 15 peninsulares de Murcia, Madrid, Almería, León, Ourense, Asturias, Cuenca, Cádiz, Navarra y Baleares, un canario nacido en Filadelfia (EE UU) y una española venida al mundo en Auxerre (Francia).
Durante varios días habían permanecido ocultos en casas particulares. Juan Azcona, uno de los organizadores del viaje, ha declarado que alojó en su vivienda a más de 20. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado una buena temporada a la sombra por tráfico de personas. De ese mismo delito habría podido ser acusado Ramón Redondo, que un mes antes había pagado 250.000 pesetas por una goleta llamada La Elvira, que durante 96 años había sido dedicada a la pesca en las costas de África. Redondo pensaba amortizar la compra con el precio de los pasajes y con la venta del lastre de sal que llevaba el barco.
Las falúas pusieron proa hacia la península de Jandía, al sur de Fuerteventura, donde les esperaba La Elvira. Los pasajeros acababan de abordarla cuando oyeron dos tiros y vieron acercarse vertiginosamente la lucecita verde de una patrullera. Huían con todas las velas desplegadas, pero la lancha ganaba terreno. '¡Deténganse en nombre de España!', ordenó la Guardia Civil por el altavoz. Los agentes se colocaron en paralelo a la goleta: '¡Entréguense!', volvieron a ordenar. '¡Que se entregue tu madre!', les respondió una voz en la oscuridad. Un golpe de viento feliz lanzó al velero hasta aguas internacionales.
La Elvira tardó 36 días en cruzar el Atlántico, empujada por los alisios. Durante ese tiempo sus pasajeros se alimentaron de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada.
Gonzalo Morales, que escribió un libro sobre la historia, Fugados en velero, cuenta que pasaban casi todo el día en la bodega, donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata. 'No podíamos ni darnos la vuelta', ha declarado Paco Azcona. Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca.
Antonio Domínguez, apodado El Puro por su afición al tabaco, era el capitán costero encargado de sacar el barco de las islas. Luego debía pasarle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, capitán de altura. Pero Elórtegui había mentido: 'Soy un perseguido político vasco. No tengo dinero y presentarme como capitán era la única forma de embarcar', confesó. Intentaron lincharlo, pero el armador, el costero y los cinco marineros lo evitaron. 'Tenemos que volver a Canarias', anunció El Puro al ver que carecían de capitán. Pero un pasajero llamado Regino Camacho, que antes de la guerra civil había sido acusado de asesinato, armó un motín y, pistola en mano, le persuadió de que se hiciera cargo de la nave. No era Camacho el único homicida que viajaba en el barco, ni el suyo el único revólver a bordo. Al final de la travesía las autoridades venezolanas intervinieron tres armas de fuego en La Elvira.
El Puro navegó contra la salida del sol. Sólo se auxiliaba con el cronómetro de Ramón Redondo, el armador, que le permitía calcular cómo se reducía la diferencia horaria entre Canarias y Venezuela. En el medio del Atlántico un huracán rompió el timón y estuvo a punto de enviarlos a pique. Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela.
Antes de fallecer, Ramón Redondo, el armador, dejó escrito el final de la aventura: 'Fuimos remolcados hasta La Guaira por una lancha de la Guardia Nacional. Las autoridades nos reseñaron como inmigrantes voluntarios. Luego nos trasladaron hasta un centro de inmigración de Caracas. De ahí nos llevaron al estado de Yaracuy, a un central azucarero llamado Matilde, donde estuvimos limpiando surcos y abonando los cañaverales. Después de un mes viajé en autobús hasta Caracas, donde viví en una pensión y limpié coches por la noche. Me enteré de que habían trasladado La Elvira hasta Puerto Cabello. Allí me fui. Unos pescadores me acercaron hasta ella y me dejaron solo. Lo encontré todo tan desmantelado que me dieron ganas de llorar. Subí por las jarcias hasta lo alto del mástil y rescaté la bandera española que habían hecho las mujeres con trozos de tela (...). Regresé a Caracas y, después de muchos contratiempos, organicé mi vida, me casé con Aura Vera y tuve cuatro hijos'.
El año pasado, Ramón Redondo quiso volver a Tenerife con su familia. Llegó herido de muerte. No había tenido tiempo de poner su documentación en regla, y lo rechazaban en el hospital. Falleció en febrero. La Administración ha informado a su esposa de que, dado que no convivieron un año en España, no tiene derecho a la pensión de viudedad. '¡Pero si llevamos casados 52 años!', ha protestado ella. Le han respondido que la ley protege al Estado de los matrimonios de conveniencia.
"Júrame que no morirás", le dijo, siendo niña, Blanca Azcona a su padre, Paco. "Miénteme, dime que estaremos siempre juntos, unidos, como eternos Don Quijote y Sancho Panza", susurró con cálido acento venezolano. Paco Azcona, su "papá", ‘incumplió’ la promesa, y murió a la edad de 76 años. ¿Acaso podía cumplirla?
En su entierro, en el municipio venezolano de Guarena, sonó el segundo himno de aquel país: Alma llanera. Y cuando la tierra que le había acogido cayó sobre el féretro, sus hijos improvisaron una isa canaria, su última voluntad: "Palmero sube a la Palma…"
De su memoria sobreviven los recuerdos de sus tres hijos (Blanca, Raquel y Jesús). Y de su historia, una cinta de casette en la que narró el calamitoso viaje.
Paco fue uno de los 106 inmigrantes de La Elvira, paupérrimo velero que cruzó en 1949 el Atlántico, desde Gran Canaria al puerto de la Guaira, en busca de un nuevo horizonte.
Clandestinos, "viajamos hombres de 14 años en adelante, 14 mujeres y una niña de siete años...", escribió.
Un centenar de apátridas forzados a desafiar a Poseidón (el que sacude la tierra y las conciencias), a sus olas, y el hambre, ese trauma generacional. Pagaron, cada uno, 4.000 pesetas.
Es la historia de la otra España del franquismo, la de los marginados, zarrapastrosos, la de los cayuqueros prototípicos; santos patrones inconscientes, invocados hoy por los subsaharianos.
El hermano de Paco, Juan, casi pudo palparle, en la oscura lejanía, desde la lancha, en la madrugada del 17 de abril. Casi pudo sentirlo cuando se sacrificó, y renunció a subirse al barco en la playa de las Canteras (Gran Canaria), en el crítico momento, al escuchar el rugido de una patrullera de la Guardia Civil: "¡Alto, en nombre de España!".
Juan, el organizador, el que había reunido a casi la mitad de la tripulación en su misma casa, se quedó en tierra. Era la tercera vez, y la última que organizaría este viaje. Su hermano pudo zarpar. Y Juan, casi lo sintió en la oscuridad: "Adiós, Paco, suerte".
Paco fue "lanzado como un saco de patatas dentro del velero. Tenía 17 añitos. Era analfabeto cuando llegó acá, Venezuela", dice su hija Blanca, de 43 años, a la que gusta apodarse Princesa Yaiza, por su origen canario, y en honor a una hija que murió demasiado joven.
Ella, Raquel y Jesús, los tres venezolanos, se han criado con las narraciones de la odisea. "Nos contaba que hacían carreras de piojos para matar el tiempo", explica Raquel. Se levantaban "mojados por los vómitos de sus compañeros, dormían uno encima de otro, y se turnaban para que unos estuvieran arriba del bote, y otros abajo; no cabían".
Hacinados: canarios, andaluces, castellanos y vascos: la otra España. "En las cucharillas hicieron un agujero para escurrir los gorgojos". El gofio (granos de trigo tostados al estilo canario) era su alimento. Y su guía, la estrella polar. Cada amanecer sonreían a Dios: "¡seguían vivos!".
Al llegar a la costa, famélicos, tras 36 días de calamidades, se lanzaron sobre una fruta extraña. "Olía a trementina, y pensaron que era veneno", dice Blanca. "Pudo más el hambre que el miedo a morir". Tuvieron suerte, ese veneno, era mango.
Paco Azcona rehizo (¿o empezó?) su vida en Venezuela. Se hizo pintor de brocha gorda, durmió en las plazas, mendigó platos de comida. Tuvo otra vez suerte y se casó con Ermelinda, que hoy tiene 83 años, y sufre alzheimer. Ella era venezolana, maestra, y le enseñó. "Mi papá acabó siendo muy culto y querido en Guarena. Montó el Orfeón de la ciudad, el Liceo, el primer periódico...", dice Blanca.
Sólo regresó a España en tres ocasiones, a partir de 1970, "muy asustado, por si le hacían quedarse a hacer el servicio militar".
¿Acaso pudo Paco cumplir con la infantil promesa? Tal vez sí, cuando dentro de unos años, una tal Fátima, hija de un tal Mohamed, repita en un lugar de España esta sentencia mágica: "Júrame, papi, que no morirás". Y él responda lo mismo que pudiera responder Paco: «Inshallah/si Dios quiere».
Fuente

Las polémicas cifras del número de migrantes
El Instituto de Estadísticas de Canarias anunció a comienzos del año 2006 que las islas habían alcanzado la cifra de los 2 millones de habitantes, con un crecimiento del 17% en los últimos seis años. Aún siendo importante el aporte de la población inmigrante “visible ante la Administración” (es decir, regularizada o empadronada), ésta supone un 11% del total. Dentro del conjunto de las personas inmigrantes que residen en Canarias, la mitad proviene de los países comunitarios, un 30% de países latinoamericanos, alrededor de un 10% de países africanos y el resto engloba a países diversos. Si además tenemos en cuenta los medios para acceder hasta tierras isleñas, encontramos que el número que lo hace arriesgando su vida en cayucos o pateras es realmente ínfimo. Y además según declaraciones del Delegado del Gobierno en Canarias José Segura Clavel, durante el 2005 se quedó en las islas menos del 1% de la población africana llegada en pateras. Para este año advierte “que ni uno sólo” se quedará aquí.
Sobre el total de personas migrantes llegadas en pateras para este año hay diferentes versiones: por un lado, tanto el Delegado del Gobierno en Canarias (cargo del PSOE) cifra en 20.000 de enero a agosto de 2006; por otro, el presidente del Gobierno de Canarias Adán Martín (cargo de Coalición Canaria) los sitúa para el mismo tiempo en 25.000. Descolgadas de ambas estadísticas, el general Francisco Gabella, responsable de la Guardia Civil y jefe del Servicio Fiscal y de Fronteras, calcula unos 20.000 los llegados a Canarias desde agosto de 2005 a 2006.
Con todo esto, distintos REPRESENTANTES POLÍTICOS Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN ALARMAN E INCITAN AL PENSAMIENTO Y LA RESPUESTA XENÓFOBA Y RACISTA manipulando interesadamente la realidad de la población “transeúnte o residente” en las islas. Hablan de “presión demográfica” haciendo una directa relación con la llegada de africano/as (20-25 mil en 8 ó 12 meses según las opiniones). Mientras, se enorgullecen en resaltar que durante el año 2005 Canarias recibió más de 9 millones de turistas, cifra que aspira a aumentarse hasta un total de 12 millones (durante el mes de marzo de 2006 las islas recibieron 944 mil turistas). Para esta otra parte de la demografía no se utiliza el calificativo de “presión”.
Las dramáticas cantidades de las personas que mueren en la ruta
Aquí reside el grueso de la desesperación. Nadie puede asegurar cuántas personas están siendo enterradas en el océano Atlántico entre África y Canarias. De ellas no sabemos el número de ocupantes de cada embarcación, ni sus edades, ni sus procedencias, ni sus nombres. Para siempre, sus familias quedarán colgadas en la esperanza de pensar que quizás habiten en algún lugar del mundo mejor del que partieron. Una pequeña representación de sus cadáveres consigue alcanzar tierra para ser sepultados con un número como única identificación.
El gobierno canario confirma que durante este año han sido recuperados 490 cadáveres del mar. Cruz Roja y Media Luna calculan que el número de desaparecidos oscila entre 2000 y 3000. La misma cantidad cerciora la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) para el período de noviembre-diciembre de 2005 a mayo de 2006 (3000 muertes). A finales de marzo de este año la Asociación Unificada de Guardias Civiles alertaba de la muerte masiva de migrantes (1200-1700) durante los dos últimos meses de 2005.
Durante varios días habían permanecido ocultos en casas particulares. Juan Azcona, uno de los organizadores del viaje, ha declarado que alojó en su vivienda a más de 20. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado una buena temporada a la sombra por tráfico de personas. De ese mismo delito habría podido ser acusado Ramón Redondo, que un mes antes había pagado 250.000 pesetas por una goleta llamada La Elvira, que durante 96 años había sido dedicada a la pesca en las costas de África. Redondo pensaba amortizar la compra con el precio de los pasajes y con la venta del lastre de sal que llevaba el barco.
Las falúas pusieron proa hacia la península de Jandía, al sur de Fuerteventura, donde les esperaba La Elvira. Los pasajeros acababan de abordarla cuando oyeron dos tiros y vieron acercarse vertiginosamente la lucecita verde de una patrullera. Huían con todas las velas desplegadas, pero la lancha ganaba terreno. '¡Deténganse en nombre de España!', ordenó la Guardia Civil por el altavoz. Los agentes se colocaron en paralelo a la goleta: '¡Entréguense!', volvieron a ordenar. '¡Que se entregue tu madre!', les respondió una voz en la oscuridad. Un golpe de viento feliz lanzó al velero hasta aguas internacionales.
La Elvira tardó 36 días en cruzar el Atlántico, empujada por los alisios. Durante ese tiempo sus pasajeros se alimentaron de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada.
Gonzalo Morales, que escribió un libro sobre la historia, Fugados en velero, cuenta que pasaban casi todo el día en la bodega, donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata. 'No podíamos ni darnos la vuelta', ha declarado Paco Azcona. Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca.
Antonio Domínguez, apodado El Puro por su afición al tabaco, era el capitán costero encargado de sacar el barco de las islas. Luego debía pasarle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, capitán de altura. Pero Elórtegui había mentido: 'Soy un perseguido político vasco. No tengo dinero y presentarme como capitán era la única forma de embarcar', confesó. Intentaron lincharlo, pero el armador, el costero y los cinco marineros lo evitaron. 'Tenemos que volver a Canarias', anunció El Puro al ver que carecían de capitán. Pero un pasajero llamado Regino Camacho, que antes de la guerra civil había sido acusado de asesinato, armó un motín y, pistola en mano, le persuadió de que se hiciera cargo de la nave. No era Camacho el único homicida que viajaba en el barco, ni el suyo el único revólver a bordo. Al final de la travesía las autoridades venezolanas intervinieron tres armas de fuego en La Elvira.
El Puro navegó contra la salida del sol. Sólo se auxiliaba con el cronómetro de Ramón Redondo, el armador, que le permitía calcular cómo se reducía la diferencia horaria entre Canarias y Venezuela. En el medio del Atlántico un huracán rompió el timón y estuvo a punto de enviarlos a pique. Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela.
Antes de fallecer, Ramón Redondo, el armador, dejó escrito el final de la aventura: 'Fuimos remolcados hasta La Guaira por una lancha de la Guardia Nacional. Las autoridades nos reseñaron como inmigrantes voluntarios. Luego nos trasladaron hasta un centro de inmigración de Caracas. De ahí nos llevaron al estado de Yaracuy, a un central azucarero llamado Matilde, donde estuvimos limpiando surcos y abonando los cañaverales. Después de un mes viajé en autobús hasta Caracas, donde viví en una pensión y limpié coches por la noche. Me enteré de que habían trasladado La Elvira hasta Puerto Cabello. Allí me fui. Unos pescadores me acercaron hasta ella y me dejaron solo. Lo encontré todo tan desmantelado que me dieron ganas de llorar. Subí por las jarcias hasta lo alto del mástil y rescaté la bandera española que habían hecho las mujeres con trozos de tela (...). Regresé a Caracas y, después de muchos contratiempos, organicé mi vida, me casé con Aura Vera y tuve cuatro hijos'.
El año pasado, Ramón Redondo quiso volver a Tenerife con su familia. Llegó herido de muerte. No había tenido tiempo de poner su documentación en regla, y lo rechazaban en el hospital. Falleció en febrero. La Administración ha informado a su esposa de que, dado que no convivieron un año en España, no tiene derecho a la pensión de viudedad. '¡Pero si llevamos casados 52 años!', ha protestado ella. Le han respondido que la ley protege al Estado de los matrimonios de conveniencia.
"Júrame que no morirás", le dijo, siendo niña, Blanca Azcona a su padre, Paco. "Miénteme, dime que estaremos siempre juntos, unidos, como eternos Don Quijote y Sancho Panza", susurró con cálido acento venezolano. Paco Azcona, su "papá", ‘incumplió’ la promesa, y murió a la edad de 76 años. ¿Acaso podía cumplirla?
En su entierro, en el municipio venezolano de Guarena, sonó el segundo himno de aquel país: Alma llanera. Y cuando la tierra que le había acogido cayó sobre el féretro, sus hijos improvisaron una isa canaria, su última voluntad: "Palmero sube a la Palma…"
De su memoria sobreviven los recuerdos de sus tres hijos (Blanca, Raquel y Jesús). Y de su historia, una cinta de casette en la que narró el calamitoso viaje.
Paco fue uno de los 106 inmigrantes de La Elvira, paupérrimo velero que cruzó en 1949 el Atlántico, desde Gran Canaria al puerto de la Guaira, en busca de un nuevo horizonte.
Clandestinos, "viajamos hombres de 14 años en adelante, 14 mujeres y una niña de siete años...", escribió.
Un centenar de apátridas forzados a desafiar a Poseidón (el que sacude la tierra y las conciencias), a sus olas, y el hambre, ese trauma generacional. Pagaron, cada uno, 4.000 pesetas.
Es la historia de la otra España del franquismo, la de los marginados, zarrapastrosos, la de los cayuqueros prototípicos; santos patrones inconscientes, invocados hoy por los subsaharianos.
El hermano de Paco, Juan, casi pudo palparle, en la oscura lejanía, desde la lancha, en la madrugada del 17 de abril. Casi pudo sentirlo cuando se sacrificó, y renunció a subirse al barco en la playa de las Canteras (Gran Canaria), en el crítico momento, al escuchar el rugido de una patrullera de la Guardia Civil: "¡Alto, en nombre de España!".
Juan, el organizador, el que había reunido a casi la mitad de la tripulación en su misma casa, se quedó en tierra. Era la tercera vez, y la última que organizaría este viaje. Su hermano pudo zarpar. Y Juan, casi lo sintió en la oscuridad: "Adiós, Paco, suerte".
Paco fue "lanzado como un saco de patatas dentro del velero. Tenía 17 añitos. Era analfabeto cuando llegó acá, Venezuela", dice su hija Blanca, de 43 años, a la que gusta apodarse Princesa Yaiza, por su origen canario, y en honor a una hija que murió demasiado joven.
Ella, Raquel y Jesús, los tres venezolanos, se han criado con las narraciones de la odisea. "Nos contaba que hacían carreras de piojos para matar el tiempo", explica Raquel. Se levantaban "mojados por los vómitos de sus compañeros, dormían uno encima de otro, y se turnaban para que unos estuvieran arriba del bote, y otros abajo; no cabían".
Hacinados: canarios, andaluces, castellanos y vascos: la otra España. "En las cucharillas hicieron un agujero para escurrir los gorgojos". El gofio (granos de trigo tostados al estilo canario) era su alimento. Y su guía, la estrella polar. Cada amanecer sonreían a Dios: "¡seguían vivos!".
Al llegar a la costa, famélicos, tras 36 días de calamidades, se lanzaron sobre una fruta extraña. "Olía a trementina, y pensaron que era veneno", dice Blanca. "Pudo más el hambre que el miedo a morir". Tuvieron suerte, ese veneno, era mango.
Paco Azcona rehizo (¿o empezó?) su vida en Venezuela. Se hizo pintor de brocha gorda, durmió en las plazas, mendigó platos de comida. Tuvo otra vez suerte y se casó con Ermelinda, que hoy tiene 83 años, y sufre alzheimer. Ella era venezolana, maestra, y le enseñó. "Mi papá acabó siendo muy culto y querido en Guarena. Montó el Orfeón de la ciudad, el Liceo, el primer periódico...", dice Blanca.
Sólo regresó a España en tres ocasiones, a partir de 1970, "muy asustado, por si le hacían quedarse a hacer el servicio militar".
¿Acaso pudo Paco cumplir con la infantil promesa? Tal vez sí, cuando dentro de unos años, una tal Fátima, hija de un tal Mohamed, repita en un lugar de España esta sentencia mágica: "Júrame, papi, que no morirás". Y él responda lo mismo que pudiera responder Paco: «Inshallah/si Dios quiere».
Fuente

Las polémicas cifras del número de migrantes
El Instituto de Estadísticas de Canarias anunció a comienzos del año 2006 que las islas habían alcanzado la cifra de los 2 millones de habitantes, con un crecimiento del 17% en los últimos seis años. Aún siendo importante el aporte de la población inmigrante “visible ante la Administración” (es decir, regularizada o empadronada), ésta supone un 11% del total. Dentro del conjunto de las personas inmigrantes que residen en Canarias, la mitad proviene de los países comunitarios, un 30% de países latinoamericanos, alrededor de un 10% de países africanos y el resto engloba a países diversos. Si además tenemos en cuenta los medios para acceder hasta tierras isleñas, encontramos que el número que lo hace arriesgando su vida en cayucos o pateras es realmente ínfimo. Y además según declaraciones del Delegado del Gobierno en Canarias José Segura Clavel, durante el 2005 se quedó en las islas menos del 1% de la población africana llegada en pateras. Para este año advierte “que ni uno sólo” se quedará aquí.
Sobre el total de personas migrantes llegadas en pateras para este año hay diferentes versiones: por un lado, tanto el Delegado del Gobierno en Canarias (cargo del PSOE) cifra en 20.000 de enero a agosto de 2006; por otro, el presidente del Gobierno de Canarias Adán Martín (cargo de Coalición Canaria) los sitúa para el mismo tiempo en 25.000. Descolgadas de ambas estadísticas, el general Francisco Gabella, responsable de la Guardia Civil y jefe del Servicio Fiscal y de Fronteras, calcula unos 20.000 los llegados a Canarias desde agosto de 2005 a 2006.
Con todo esto, distintos REPRESENTANTES POLÍTICOS Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN ALARMAN E INCITAN AL PENSAMIENTO Y LA RESPUESTA XENÓFOBA Y RACISTA manipulando interesadamente la realidad de la población “transeúnte o residente” en las islas. Hablan de “presión demográfica” haciendo una directa relación con la llegada de africano/as (20-25 mil en 8 ó 12 meses según las opiniones). Mientras, se enorgullecen en resaltar que durante el año 2005 Canarias recibió más de 9 millones de turistas, cifra que aspira a aumentarse hasta un total de 12 millones (durante el mes de marzo de 2006 las islas recibieron 944 mil turistas). Para esta otra parte de la demografía no se utiliza el calificativo de “presión”.
Las dramáticas cantidades de las personas que mueren en la ruta
Aquí reside el grueso de la desesperación. Nadie puede asegurar cuántas personas están siendo enterradas en el océano Atlántico entre África y Canarias. De ellas no sabemos el número de ocupantes de cada embarcación, ni sus edades, ni sus procedencias, ni sus nombres. Para siempre, sus familias quedarán colgadas en la esperanza de pensar que quizás habiten en algún lugar del mundo mejor del que partieron. Una pequeña representación de sus cadáveres consigue alcanzar tierra para ser sepultados con un número como única identificación.
El gobierno canario confirma que durante este año han sido recuperados 490 cadáveres del mar. Cruz Roja y Media Luna calculan que el número de desaparecidos oscila entre 2000 y 3000. La misma cantidad cerciora la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) para el período de noviembre-diciembre de 2005 a mayo de 2006 (3000 muertes). A finales de marzo de este año la Asociación Unificada de Guardias Civiles alertaba de la muerte masiva de migrantes (1200-1700) durante los dos últimos meses de 2005.
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