Tres Victimas olvidadas
Juan Antonio - 10-05-2006 23:28:28 | Categoria: Solidaridad
Iban a una comunión el 10 de mayo de 1981 y la Guardia Civil los confundió con etarras. Terminaron descuartizados. Sus familias siguen pidiendo que se les reconozca víctimas del terrorismo.



"El caso Almería",
25 años de una herida mal curada
Hoy se cumple un cuarto de siglo desde que la Guardia Civil torturara y asesinara a tres vecinos de Santander a los que confundió con un comando de ETA cuando iban a una comunión.
«Me levanté todo lo ilusionado que un niño de ocho años puede estar el día de su Primera Comunión. Fui al dormitorio de mi hermano, pero no estaba. Ni él, Juan, ni los dos amigos con los que se suponía que vendría, Luis Manuel y Luis. Y aunque nos pareció muy raro, mi padre decidió que se celebrara la ceremonia. Al día siguiente»... el 'telediario' irrumpiría en su casa, y en otras dos, para anunciar que el 10 de mayo de 1981 tenía que pasar a la historia como el día en el que la Guardia Civil torturó y asesinó a tres jóvenes -todos residentes en Santander- a los que confundió con etarras cuando iban a Almería para asistir a una fiesta familiar.
Se cumplen 25 años de aquello, «pero ninguno hemos conseguido olvidarlo», dice Francisco Javier. Es aquel 'niño de la comunión'. Hoy, a los 33, sigue librando con la memoria una batalla que sus padres ya han dado por perdida. «Tengo muchos recuerdos, pero no quiero recordar... No quiero», afirma con recelo María Dolores. Es la hermana de uno de los invitados que no llegaron al festín. Hoy, a los 'taitantos', sigue tratando de pasar página.
Con más o menos cosas que decir, con más o menos ganas de hablar, las familias de los jóvenes Luis Manuel Cobo, Juan Mañas y Luis Montero siguen lamiéndose una herida mal curada que la crónica negra española guarda como "El caso Almería".



"El caso Almería",
25 años de una herida mal curada
Hoy se cumple un cuarto de siglo desde que la Guardia Civil torturara y asesinara a tres vecinos de Santander a los que confundió con un comando de ETA cuando iban a una comunión.
«Me levanté todo lo ilusionado que un niño de ocho años puede estar el día de su Primera Comunión. Fui al dormitorio de mi hermano, pero no estaba. Ni él, Juan, ni los dos amigos con los que se suponía que vendría, Luis Manuel y Luis. Y aunque nos pareció muy raro, mi padre decidió que se celebrara la ceremonia. Al día siguiente»... el 'telediario' irrumpiría en su casa, y en otras dos, para anunciar que el 10 de mayo de 1981 tenía que pasar a la historia como el día en el que la Guardia Civil torturó y asesinó a tres jóvenes -todos residentes en Santander- a los que confundió con etarras cuando iban a Almería para asistir a una fiesta familiar.
Se cumplen 25 años de aquello, «pero ninguno hemos conseguido olvidarlo», dice Francisco Javier. Es aquel 'niño de la comunión'. Hoy, a los 33, sigue librando con la memoria una batalla que sus padres ya han dado por perdida. «Tengo muchos recuerdos, pero no quiero recordar... No quiero», afirma con recelo María Dolores. Es la hermana de uno de los invitados que no llegaron al festín. Hoy, a los 'taitantos', sigue tratando de pasar página.
Con más o menos cosas que decir, con más o menos ganas de hablar, las familias de los jóvenes Luis Manuel Cobo, Juan Mañas y Luis Montero siguen lamiéndose una herida mal curada que la crónica negra española guarda como "El caso Almería".
Cuenta la prensa de la época, y la película, que también se filmó, y el libro, que también se escribió, que para entender el suceso hay que remontarse en el tiempo hasta el 7 de mayo de 1981.
La banda terrorista ETA atentó ese día contra el vehículo en el que viajaba el teniente general Joaquín Valenzuela, por entonces Jefe del Cuarto Militar del Rey, que resultó gravemente herido. Sus tres acompañantes, el teniente coronel Guillermo Tevar, el suboficial Antonio Nogueira y el soldado Carlos Rodríguez, fallecieron en el acto a consecuencia de la explosión. La tensión que se vivía por aquellas fechas era extrema, dos meses antes se había producido el intento de golpe de Estado del 23-F, y el Ministerio del Interior intentaba capturar a los asesinos a cualquier precio.
En los tres días siguientes al atentado, la Guardia Civil practicó más de un centenar de detenciones, entre ellas las de setenta cargos públicos de Herri Batasuna y las de dos militantes de ETA -Ángel Rekalde y Fernando Anzizar- tras un tiroteo en el que el primero cayó malherido.
Esa misma jornada, ajenos seguramente a todos estos sucesos, tres jóvenes atravesaban en un coche todo el Estado español para asistir a una fiesta. Juan Mañas, Luis Montero y Luis Manuel Cobo partieron de Santander con destino a la localidad almeriense de Pechina, donde se iba a celebrar la comunión del hermano de Mañas.
El destino quiso que el coche en el que viajaban los tres chicos -todos ellos trabajadores en diferentes empresas de Cantabria- sufriera una avería que les obligó a parar en la localidad de Puertollano (Ciudad Real), donde alquilaron otro coche -un Ford Fiesta- para seguir su viaje. Y la casualidad se encargó de que un vecino que acababa de ver en televisión las fotografías de los terroristas a los que se atribuía el atentado del teniente general Valenzuela, les confundiera con Mañas, Montero y Cobo, apuntara la matrícula del coche en el que les vio subir y avisara a la Guardia Civil.
A la orden del teniente coronel Carlos Castillo Quero, agentes de la Benemérita se lanzaban a la búsqueda de los tres sospechosos. Mañas, Montero y Cobo fueron detenidos a punta de pistola y sin oponer resistencia en una tienda de Roquetas de Mar (Almería), mientras hacían unas compras para la comunión de Francisco Javier, el hermano de Mañas. Al día siguiente, los cadáveres de los tres jóvenes aparecieron dentro del Ford Fiesta, descuartizados, calcinados y agujereados por múltiples balas.
La primera versión del Ministerio de Interior fue que Mañas, Montero y Cobo estaban armados e indocumentados, y que perdieron la vida en accidente de circulación después de que los agentes dispararan a las ruedas de su coche. Juan José Rosón, entonces titular de esa cartera, repitió esta versión en comparecencia parlamentaria a pesar de que en la prensa se describía que «los cadáveres, atrozmente calcinados, aparecen sin piernas y sin brazos, y tienen visible orificios de bala en distintos puntos del tronco y del rostro».
Castillo Quero y sus hombres torturaron a los tres inocentes una y mil veces durante toda aquella noche en un antiguo cuartel de la Guardia Civil, abandonado, que estaba situado en la localidad almeriense de Casafuerte. El teniente coronel Victoriano Guillén, que se había significado por su repulsa contra el 23-F, se encontraba apartado y realizando operaciones burocráticas en la Comandancia de Almería. Luego pudo reconstruir todo lo ocurrido: «La dirección General de la Guardia Civil mandó un radio (nombre que se daba en la Guardia Civil a los fax o télex) diciendo que eran etarras y que habían atentado contra el general Valenzuela. Castillo Quero, que era un enfermo mental, un imbécil poseído y que, además, presumía de su amistad con el Rey, vio allí la ocasión de hacer un servicio y hacer méritos, colgarse medallas».
Guillén, que murió hace dos años, hizo sus primeras y únicas declaraciones ante las cámaras de Crónica de una generación y recordó que la Comandancia de Almería se encontraba en pleno centro de la ciudad y que en ella vivían los familiares de los guardias civiles, por lo que Castillo Quero y los miembros del servicio de información decidieron llevarse a los detenidos fuera de la ciudad para poder torturarlos sin problemas: «En Casafuerte ocurrió la tragedia, porque fue tal la tortura, la paliza, la cafrada, que se les quedaron en las manos. Cuando se dieron cuenta los habían matado».
Tras el error, Castillo Quero intentó borrar todas las pruebas de la masacre. Guillen, que cuando realizó estas declaraciones en el año 2002 ya estaba jubilado y tenía que soportar un par de diálisis semanales, se encendía y se cabreaba cuando recordaba aquellos momentos:
De noche, sin luz, tres cadáveres ensangrentados y un conciliábulo de sicarios y verdugos pensando cómo quitarse de en medio aquella papeleta... Tuvieron que despedazar a aquellas criaturas para poder meterlos en el coche, después lo despeñaron, le metieron fuego y se pusieron a pegar tiros». Esta es la narración, cruda y dura, que realizó el abogado y teniente coronel de la Guardia Civil Victoriano Guillén sobre los sucesos que ocurrieron en Almería el 10 de mayo de 1981.
Pero el documento más importante y esclarecedor de lo que ocurrió en el caso Almería le llegó a la familia Mañas, en forma de carta anónima, tres años después del asesinato de su hijo y de que el Tribunal Supremo confirmara la sentencia.
Una carta anónima en la que se narra lo ocurrido y se identifica, con nombres y apellidos, a los culpables.
En esa carta anónima, escrita por un guardia civil de la Comandancia de Almería , este «agente de la Guardia Civil, pero no un asesino» acaba destapando la verdad, ya que detalla de forma pormenorizada la cantidad de barbaridades que cometieron contra los tres jóvenes inocentes y el total de miembros de la Guardia Civil, con nombre y apellidos, que participaron en el aquelarre: «Mi querida familia, ante el respeto que merecen me dirijo a Vds para contarles el hecho siguiente respeto a las extrañas circunstancias de la desgracia de buestro (sic) hijo y compañeros que fallecieron en manos de los asesinos de la Comandancia de esta localidad».
El anónimo comunicante, que descubre que «en la actualidad (1984) es Guardia Civil, pero no asesino» relata a la familia Mañas las circunstancias en las que murió su hijo y sus compañeros. El anónimo relató cómo el teniente coronel Carlos Castillo Quero y varios de sus hombres llevaron a los chicos hasta un antiguo cuartel, «los trasladaron en los mismos vehículos al cuartel de Casafuerte, donde fueron sometidos a interrogatorio, acto seguido ordenó Castillo Quero que tenían que ser sometidos a garrote y pidió voluntarios».
Y entre los voluntarios, según el anónimo, salieron: «J.M ., pertenece al Servicio de Información Después, el sargento C..Otro, el guardia P Otro, el guardia F., también destinado en el Servicio de Información. Estos fueron los tres asesinos de buestro (sic) hijo...». Ninguno de esos guardias fue juzgado y condenado por la Audiencia de Almería como autores materiales del asesinato de Mañas y sus amigos.
Después de las torturas llegaron las muertes: «Al principio le dieron una gran paliza, especialmente por el guardia C.., perdiendo el conocimiento. Entonces lo mataron con un tiro de pistola cada uno que recivieron (sic) por separado. Posteriormente, los embolvieron (sic) en mantas viegas (sic), penetrándolos en el Ford Fiesta, en el asiento trasero, ordenando Castillo Quero que fueran volcados en el sitio que no les viera nadie y que se les pegara fuego para que no conocieran los mal tratos.
El anónimo Guardia Civil llega incluso a relatar en su carta que los asesinos, de los que da nombre y apellidos, utilizaron el dinero que llevaban las víctimas para comprar la gasolina con la que prendieron fuego al Ford Fiesta con los tres cadáveres dentro: «Antes de pegar fuego con la metralleta de los compañeros el guardia C. gastó dos cargadores de 30 cartuchos cada uno sobre los cadáveres en combinación con el depósito de la gasolina del Ford, acto seguido con el mechero que pegó fuego a la gasolina que se derramaba del depósito, añadiendo la que tenía en la lata aparte.
»Sin nada más se despide un gran amigo de Vds que en la actualidad es Guardia Civil pero no asesino. No me identifico porque sería una cosa no oportuna para mí»
Mañas, Montero y Cobo fueron salvajemente torturados, asesinados de un tiro en la cabeza, envueltos en mantas viejas e introducidos en su propio coche, al que prendieron fuego utilizando gasolina que adquirieron con el dinero de las víctimas y ametrallaron «gastando dos cargadores de 30 cartuchos sobre el vehículo y los cadáveres».
El verdugo: Carlos C. Quero
Sus datos: Nacido en Córdoba, tenía 49 años y era teniente coronel de la Guardia Civil. Fue condenado a 24 años de prisión, cumplió 11 y murió en abril de 1994 en Córdoba.

El Tribunal Supremo, condenó al teniente coronel Castillo Quero a 24 años de cárcel, al teniente Gómez Torres a otros 15 y al guardia Fernández Llamas a 12 más imputándoles tres delitos de homicidio por los que fueron expulsados de la Benemérita.
La familia Mañas ha solicitado en varias ocasiones que su hijo y sus dos compañeros sean reconocidos como víctimas del terrorismo, pero siempre han recibido la callada por respuesta por parte de todos los organismos a los que se han dirigido desde hace más de 20 años. Tampoco han recibido el apoyo ni la comprensión de la Asociación Víctimas del Terrorismo.
Un final al que, 25 años después, aquel 'niño de la comunión' quisiera poder añadir un apéndice: «Que a mi hermano y a sus amigos se les reconozca como víctimas del terrorismo». Eso, dice, mitigaría en cierto modo el dolor que a él y a los suyos les produce aventurarse en cada 10 de mayo, la fecha que ni ellos ni nadie hubieran querido recordar.
En recuerdo de Juan Mañas Morales, emigrante almeriense, de 24 años, trabajador de FEVE en Santander; Luis Montero, 33 años, salmantino, trabajador de FYESA en Boo (Santander), miembro del PCE, y de Luis Cobo Mier, 29 años, trabajador de ACERIASA, salvajemente torturados, asesinados y quemados por fuerzas de la Guardia Civil el 10 de Mayo de 1981 en Gergal (Almería).
La banda terrorista ETA atentó ese día contra el vehículo en el que viajaba el teniente general Joaquín Valenzuela, por entonces Jefe del Cuarto Militar del Rey, que resultó gravemente herido. Sus tres acompañantes, el teniente coronel Guillermo Tevar, el suboficial Antonio Nogueira y el soldado Carlos Rodríguez, fallecieron en el acto a consecuencia de la explosión. La tensión que se vivía por aquellas fechas era extrema, dos meses antes se había producido el intento de golpe de Estado del 23-F, y el Ministerio del Interior intentaba capturar a los asesinos a cualquier precio.
En los tres días siguientes al atentado, la Guardia Civil practicó más de un centenar de detenciones, entre ellas las de setenta cargos públicos de Herri Batasuna y las de dos militantes de ETA -Ángel Rekalde y Fernando Anzizar- tras un tiroteo en el que el primero cayó malherido.
Esa misma jornada, ajenos seguramente a todos estos sucesos, tres jóvenes atravesaban en un coche todo el Estado español para asistir a una fiesta. Juan Mañas, Luis Montero y Luis Manuel Cobo partieron de Santander con destino a la localidad almeriense de Pechina, donde se iba a celebrar la comunión del hermano de Mañas.
El destino quiso que el coche en el que viajaban los tres chicos -todos ellos trabajadores en diferentes empresas de Cantabria- sufriera una avería que les obligó a parar en la localidad de Puertollano (Ciudad Real), donde alquilaron otro coche -un Ford Fiesta- para seguir su viaje. Y la casualidad se encargó de que un vecino que acababa de ver en televisión las fotografías de los terroristas a los que se atribuía el atentado del teniente general Valenzuela, les confundiera con Mañas, Montero y Cobo, apuntara la matrícula del coche en el que les vio subir y avisara a la Guardia Civil.
A la orden del teniente coronel Carlos Castillo Quero, agentes de la Benemérita se lanzaban a la búsqueda de los tres sospechosos. Mañas, Montero y Cobo fueron detenidos a punta de pistola y sin oponer resistencia en una tienda de Roquetas de Mar (Almería), mientras hacían unas compras para la comunión de Francisco Javier, el hermano de Mañas. Al día siguiente, los cadáveres de los tres jóvenes aparecieron dentro del Ford Fiesta, descuartizados, calcinados y agujereados por múltiples balas.
La primera versión del Ministerio de Interior fue que Mañas, Montero y Cobo estaban armados e indocumentados, y que perdieron la vida en accidente de circulación después de que los agentes dispararan a las ruedas de su coche. Juan José Rosón, entonces titular de esa cartera, repitió esta versión en comparecencia parlamentaria a pesar de que en la prensa se describía que «los cadáveres, atrozmente calcinados, aparecen sin piernas y sin brazos, y tienen visible orificios de bala en distintos puntos del tronco y del rostro».
Castillo Quero y sus hombres torturaron a los tres inocentes una y mil veces durante toda aquella noche en un antiguo cuartel de la Guardia Civil, abandonado, que estaba situado en la localidad almeriense de Casafuerte. El teniente coronel Victoriano Guillén, que se había significado por su repulsa contra el 23-F, se encontraba apartado y realizando operaciones burocráticas en la Comandancia de Almería. Luego pudo reconstruir todo lo ocurrido: «La dirección General de la Guardia Civil mandó un radio (nombre que se daba en la Guardia Civil a los fax o télex) diciendo que eran etarras y que habían atentado contra el general Valenzuela. Castillo Quero, que era un enfermo mental, un imbécil poseído y que, además, presumía de su amistad con el Rey, vio allí la ocasión de hacer un servicio y hacer méritos, colgarse medallas».
Guillén, que murió hace dos años, hizo sus primeras y únicas declaraciones ante las cámaras de Crónica de una generación y recordó que la Comandancia de Almería se encontraba en pleno centro de la ciudad y que en ella vivían los familiares de los guardias civiles, por lo que Castillo Quero y los miembros del servicio de información decidieron llevarse a los detenidos fuera de la ciudad para poder torturarlos sin problemas: «En Casafuerte ocurrió la tragedia, porque fue tal la tortura, la paliza, la cafrada, que se les quedaron en las manos. Cuando se dieron cuenta los habían matado».
Tras el error, Castillo Quero intentó borrar todas las pruebas de la masacre. Guillen, que cuando realizó estas declaraciones en el año 2002 ya estaba jubilado y tenía que soportar un par de diálisis semanales, se encendía y se cabreaba cuando recordaba aquellos momentos:
De noche, sin luz, tres cadáveres ensangrentados y un conciliábulo de sicarios y verdugos pensando cómo quitarse de en medio aquella papeleta... Tuvieron que despedazar a aquellas criaturas para poder meterlos en el coche, después lo despeñaron, le metieron fuego y se pusieron a pegar tiros». Esta es la narración, cruda y dura, que realizó el abogado y teniente coronel de la Guardia Civil Victoriano Guillén sobre los sucesos que ocurrieron en Almería el 10 de mayo de 1981.
Pero el documento más importante y esclarecedor de lo que ocurrió en el caso Almería le llegó a la familia Mañas, en forma de carta anónima, tres años después del asesinato de su hijo y de que el Tribunal Supremo confirmara la sentencia.
Una carta anónima en la que se narra lo ocurrido y se identifica, con nombres y apellidos, a los culpables.
En esa carta anónima, escrita por un guardia civil de la Comandancia de Almería , este «agente de la Guardia Civil, pero no un asesino» acaba destapando la verdad, ya que detalla de forma pormenorizada la cantidad de barbaridades que cometieron contra los tres jóvenes inocentes y el total de miembros de la Guardia Civil, con nombre y apellidos, que participaron en el aquelarre: «Mi querida familia, ante el respeto que merecen me dirijo a Vds para contarles el hecho siguiente respeto a las extrañas circunstancias de la desgracia de buestro (sic) hijo y compañeros que fallecieron en manos de los asesinos de la Comandancia de esta localidad».
El anónimo comunicante, que descubre que «en la actualidad (1984) es Guardia Civil, pero no asesino» relata a la familia Mañas las circunstancias en las que murió su hijo y sus compañeros. El anónimo relató cómo el teniente coronel Carlos Castillo Quero y varios de sus hombres llevaron a los chicos hasta un antiguo cuartel, «los trasladaron en los mismos vehículos al cuartel de Casafuerte, donde fueron sometidos a interrogatorio, acto seguido ordenó Castillo Quero que tenían que ser sometidos a garrote y pidió voluntarios».
Y entre los voluntarios, según el anónimo, salieron: «J.M ., pertenece al Servicio de Información Después, el sargento C..Otro, el guardia P Otro, el guardia F., también destinado en el Servicio de Información. Estos fueron los tres asesinos de buestro (sic) hijo...». Ninguno de esos guardias fue juzgado y condenado por la Audiencia de Almería como autores materiales del asesinato de Mañas y sus amigos.
Después de las torturas llegaron las muertes: «Al principio le dieron una gran paliza, especialmente por el guardia C.., perdiendo el conocimiento. Entonces lo mataron con un tiro de pistola cada uno que recivieron (sic) por separado. Posteriormente, los embolvieron (sic) en mantas viegas (sic), penetrándolos en el Ford Fiesta, en el asiento trasero, ordenando Castillo Quero que fueran volcados en el sitio que no les viera nadie y que se les pegara fuego para que no conocieran los mal tratos.
El anónimo Guardia Civil llega incluso a relatar en su carta que los asesinos, de los que da nombre y apellidos, utilizaron el dinero que llevaban las víctimas para comprar la gasolina con la que prendieron fuego al Ford Fiesta con los tres cadáveres dentro: «Antes de pegar fuego con la metralleta de los compañeros el guardia C. gastó dos cargadores de 30 cartuchos cada uno sobre los cadáveres en combinación con el depósito de la gasolina del Ford, acto seguido con el mechero que pegó fuego a la gasolina que se derramaba del depósito, añadiendo la que tenía en la lata aparte.
»Sin nada más se despide un gran amigo de Vds que en la actualidad es Guardia Civil pero no asesino. No me identifico porque sería una cosa no oportuna para mí»
Mañas, Montero y Cobo fueron salvajemente torturados, asesinados de un tiro en la cabeza, envueltos en mantas viejas e introducidos en su propio coche, al que prendieron fuego utilizando gasolina que adquirieron con el dinero de las víctimas y ametrallaron «gastando dos cargadores de 30 cartuchos sobre el vehículo y los cadáveres».
El verdugo: Carlos C. Quero
Sus datos: Nacido en Córdoba, tenía 49 años y era teniente coronel de la Guardia Civil. Fue condenado a 24 años de prisión, cumplió 11 y murió en abril de 1994 en Córdoba.

El Tribunal Supremo, condenó al teniente coronel Castillo Quero a 24 años de cárcel, al teniente Gómez Torres a otros 15 y al guardia Fernández Llamas a 12 más imputándoles tres delitos de homicidio por los que fueron expulsados de la Benemérita.
La familia Mañas ha solicitado en varias ocasiones que su hijo y sus dos compañeros sean reconocidos como víctimas del terrorismo, pero siempre han recibido la callada por respuesta por parte de todos los organismos a los que se han dirigido desde hace más de 20 años. Tampoco han recibido el apoyo ni la comprensión de la Asociación Víctimas del Terrorismo.
Un final al que, 25 años después, aquel 'niño de la comunión' quisiera poder añadir un apéndice: «Que a mi hermano y a sus amigos se les reconozca como víctimas del terrorismo». Eso, dice, mitigaría en cierto modo el dolor que a él y a los suyos les produce aventurarse en cada 10 de mayo, la fecha que ni ellos ni nadie hubieran querido recordar.
En recuerdo de Juan Mañas Morales, emigrante almeriense, de 24 años, trabajador de FEVE en Santander; Luis Montero, 33 años, salmantino, trabajador de FYESA en Boo (Santander), miembro del PCE, y de Luis Cobo Mier, 29 años, trabajador de ACERIASA, salvajemente torturados, asesinados y quemados por fuerzas de la Guardia Civil el 10 de Mayo de 1981 en Gergal (Almería).
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Espeluznate, increible, vergonzosa, .... pero REAL.
Este suceso puso contra las tablas a la Guardia Civil, y se consiguió por dos motivos: uno por la plataforma espontánea de voluntarios progresistas que se lanzaron a la calle pidiendo justicia junto con la familia, sobre todo el papel de la madre de nuestro paisano de Almería fue muy notorio y a pesar de las detenciones y represion que se efectuó contra ellos (alguno mas de una vez tuvo que dormir en mi cama porque al llegar a su casa se encontraron a la "secreta" esperandolos) no abandonaron en ningún momento y sus gritos y sus pintadas se oyeron y leyeron en todos lados, y por otro lado el gran papel que desempeñó el abogado (que lamentablemente no me acuerdo de su nombre aunque si de su cara, ya que todos las mañanas temprano solia pasear por el puerto) que si bien cobró un alto precio económico a la familia, la verdad es que se enfrentó a todo un sistema castrense y venció.
En mas de una ocasión he saltado la tapia de Casafuertes, el cuartel abandonado en mitad de la playa desierta de Retamar y aún sigo escuchando los gritos y lamentos de los tres asesinados en sus paredes, gritos de inocencia e incomprensión junto a los ceños fruncidos con los bigotes negros de muerte y los ojos brillantes de odio sedientos de sangre y venganza de los verderones, de los undunares, de los pikoletos, de los guardias civiles asesinos que aquella noche alli actuaron.
Sería justo que se les reconociera vicitmas del terrorismo, porque son unas muertes directametne relacionadas con ETA y su historia, porque si no hubiera sido por ello, ellos estarían vivos, y porque fue terrorismo de estado, de politicos ambiciosos que querian culpables al precio que fuera para justificar sus actuaciones ante la sociedad y al final solo se quedo en un juicio a unos Guardias Civiles, cuando el suceso tenia que haber llegado mas arriba.
Mi pequeño homenaje a esas tres victimas, a esos héroes anónimos que lucharon por defender la verdad de lo que ocurrió y que se castigara a los culpables, y a sa familia que hoy todavía siguen luchando porque se terminen de aclarar los hechos y se haga justicia.
Porque estas historias no se vuelvan a producir nunca mas.Comentario de Juan hace 3 años y 43 meses
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Gracias por el recuerdo, creo que en la actualidad ya estamos acabando con una lacra que era ETA
y no pueden haber mas equivocaciones como esta
Saludos desde CeutaComentario de Paco el Musulman hace 3 años y 43 meses
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No eran etarras, no... Seria por otra causa q la familia del abogado que defendio a la Guardia Civil tuvo q cambiar de ciudad de residencia, serian otros quienes les enviaban las amenazas de muerte...
Comentario de Mar hace 3 años y 43 meses
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No tenia intención de escribir nada sobre esta anotación, pero al final me he sentido obligado a escribir.
Estas cuestiones, son de tal calibre de gravedad que no pueden tratarse de una forma pasional, por que esto podría distorsionar el análisis y la realidad de las cosas, como ya he podido observar en los comentarios que se han producido, y podemos llegar a justificar ciertas actuaciones en función de ha quien sean los torturados,
Cuando en un País que se tiene por democrático, se produce terrorismo de Estado, la democracia no existe y cuando sus ciudadanos, de alguna manera lo justifican, la situación comienza a ser preocupante.
Los hechos que se produjeron, en Almería hace veinticinco años, me parece que podrían ser catalogados como terrorismo de Estado.
El terrorismo de Estado, no es solo una practica de las dictaduras también en Países llamados democráticos, la utilización de sus funcionarios, para fines políticos se puede producir, y en el caso de que no saliesen impunes, siempre les juzgarían como delincuentes comunes, no como terroristas al servicio del Estado.
En España, no ha sido la única vez que se han producido hechos similares, tenemos el caso de Segundo Marey, que fue la primera victima de los Gal.
Y si al terrorismo de Estado, le queremos poner una T mayúscula, solo os tenéis que preguntar ¿Qué pasa en Guantánamo?.
Lamentablemente los Estados, seguirán utilizando a sus funcionarios con fines Políticos. (incluso en manifestaciones.).
Comentario de Pepe Ripoll hace 3 años y 43 meses
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