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Los Nadies








La Otra Mirada

Enviada por Pepe Sarria


Fundamentalismo católico

Resuena en mis tímpanos un chupinazo de esos que te deja más mosqueado que un pavo escuchando una pandereta.

Me despierto acongojado (ya saben, con las dos congojas en el gaznate) por el retumbar sorpresivo de varios bombazos más que inundan de olor a pólvora quemada el cielo azul de una mañana de domingo.

Con el muermo de un despabilamiento a destiempo empiezo a echar cuentas: la feria ya ha pasado, no estamos en carnavales, no es el día del Carmen ni el cumpleaños del Alcalde. Entonces ¿a qué tanto derroche de pirotecnia?.

De pronto, aparece un grupo de rocieros que, arremolinados en sus tractores y carretas, van tomando la plaza de Olletas y la calle Cristo de la Epidemia durante más de cuatro horas.


Cantan las archiconocidas sevillanas de la Virgen y el camino tantas veces como les da la gana. Redobla el tambor, la caña y el palmoteo, destrozando el sosiego y el descanso del resto de los ciudadanos, a la vez que el tráfico y la circulación han quedado suspendidos a su antojo.

No son muchos, no más de cincuenta, pero se encuentran eufóricos. Han tomado la calle: ¡¡a las barricadas!! Tienen todo el derecho del mundo para hacer manifestación pública de su fe, sin más: son católicos.

No tienen ninguna autorización gubernamental para llevar a cabo tal exhibición de fervor religioso. Así me lo acredita la policía municipal que les acompaña. Inútil, por tanto, la invitación para que procedieran a la disolución de la "manifestación".

No quiero ni pensar qué ocurrirá el día en que a los demás grupos religiosos les entre la fiebre de la calle: Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna Hare Hare, dragones chinos subiendo por calle Larios, kipas, tefillins y menoras en la Plaza de la Constitución, mártires islámicos flagelándose la espalda mientras van pringando de sangre la Plaza de la Marina o cofradías de gitanos de la Iglesia Evangélica de Filadelfia bailando por bulerías en plena Alameda.

El Alcalde, el Delegado del Gobierno o quien sea, debería de pensar en controlar estas manifestaciones religiosas a través de las correspondientes autorizaciones (al igual que ocurre con sindicatos, partidos políticos o asociaciones ciudadanas), pues aquí cualquier meapilas es toda una autoridad en cuanto se cuelga al cuello un tambor y entona una sevillana a la Blanca Paloma: una nueva versión del fundamentalismo católico que no renuncia a su supremacía.

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