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Los Nadies








Mi más sentido zapping

Hay algo peor que morirse, y es morirse justo el día en que todo el mundo está haciendo zapping.

Le pasó al poeta Alfredo Lepera, el 24 de junio de 1935. Si se hubiera muerto de viejo, lo recordaríamos como a uno de los mejores poetas argentinos. Pero tuvo la desgracia de hacerse bosta en el mismo avión en que viajaba Gardel. ¡Y a la mierda Lepera! A Rainiero le está pasando lo mismo: toda una vida en su país chiquitito esperando una muerte principesca, y justo el día que le toca, en el país chiquitito de al lado se muere otro más famoso.

Yo también creo, como casi todo el mundo, que Rainiero ya se murió. Y no sólo porque me encantan las conspiraciones que no tienen sentido, sino porque esta vez, si yo fuera Estefanía (o Carolina, o Albertito), mandaría a hacer lo mismo:

—¡Embalsámenme al viejo, hagan algo! —diría yo si fuera el hijo de Rainiero— ¡Aguántenlo hasta que el Papa esté bien enterrado! —porque, claro, Mónaco vive y muere gracias a las portadas de las revistas del corazón, y ahora, como se sabe, están todas ocupadas mostrando el rictus de otro muerto.

Yo mandaría a detener la muerte igual que lo está haciendo Carolina, mandaría a congelar el tiempo, porque sé lo que han sufrido otros famosos ilustres a causa de lo mismo. El 23 de noviembre de 1963, sin ir más lejos, Aldous Huxley también se disponía a morir en la gloria. Ya había escrito lo suficiente como para ser recordado y llorado por sus compatriotas. Ya había llegado a viejo, había imaginado un mundo que lentamente se iría convirtiendo en realidad, ya había redactado páginas inolvidables. Entonces se encerró en su cuarto y se murió, tranquilo y en paz, soñando con la tapa de los diarios del día siguiente, con su apellido en letras de molde. Esa misma tarde, cuando el cuerpo de Huxley todavía estaba tibiecito, un estúpido con escopeta, un imbécil que seguramente nunca había leído "Un Mundo Feliz", va y le pega un tiro en la cabeza a Kennedy. ¡Y a la mierda Huxley! La muerte del escritor entró —de pedo— en la página 43 del New York Times, al lado de una publicidad de detergente.

Imaginemos que de verdad existe el cielo, o cualquiero otro escaparate desde donde (una vez muertos) podamos seguir viendo la vida en la Tierra como quien mira televisión por cable. ¿A quién le gustaría morir y que todo el mundo esté en otra cosa? ¿A quién le gustaría haber hecho un montón de acrobacias para ser inmortal, para que después venga otro, que ha hecho menos o lo mismo, y se lleve los flashes?

Durante casi tres décadas, decir en Chile '11 de septiembre' significaba una sola cosa. La gente salía a la calle y se emborrachaba, la sombra de Allende regresaba a la retina del pueblo y no había dudas sobre el epicentro del dolor colectivo. No había dudas, tampoco, sobre quiénes eran los malos de esa película. Hasta que un día idéntico, llamado también 11 de septiembre, desaparecieron las Torres Gemelas como por arte de magia, en directo y para todo el mundo. Los malos que habían financiado el primer 11S, ahora eran víctimas del segundo 11S. ¡Una cagada! Desde entonces los chilenos, cuando aparece en el almanaque ese día de luto doble y ambiguo, ya no saben muy bien por qué se emborrachan (que es lo peor que le puede pasar a un chileno). Pero lo cierto es que Allende, asesinado, va perdiendo desde el 2001 su fuerza inmortal, en manos de otras imágenes colectivas más desgarradoras, más en colores, pero igual —y no más— aterradoras.

La culpa, yo creo, es de los tiempos que corren. Antes no pasaba eso. En el pasado remoto, ilustrísimos señores podían morirse a la vez y había tiempo para ambos. Lo bueno del pasado remoto es que no había control remoto. William Shakespeare, que se murió el mismo día que Miguel de Cervantes (y viceversa) no sufrió esta humillación del olvido gracias a que los medios, el 23 de abril de 1616, no estaban muy extendidos, ni ellos, todo hay que decirlo, no eran tan famosos como lo son ahora. (Ni siquiera el calendario era el mismo en Inglaterra y España.) Eso les ayudó un poco a compartir los honores y a no perder el estrellato del mutis por el foro. Pero, por poner un ejemplo cercano, Teresa de Calcuta no tuvo la misma suerte: entonces sí había medios de comunicación, y de los peores.

Lo que le ocurrió a la Madre Teresa no tiene perdón de Dios (y eso que eran amigos). Setenta años acariciando a gente con lepra estuvo la vieja, arrugándose de filantropía, encorvándose para estar allí donde nadie quería estar, santificándose ella sola, sin pedirle nada a nadie, para poder morirse y lograr, con su muerte, que nosotros pensáramos un poco en lo necesario de ser un poco así como ella, un poco mejores digo, y justo va y elige despedirse el 5 de setiembre de 1997. Pocos días antes, para la algarabía económica de la revista Hola, la princesa Diana se desnucaba contra un poste, en un túnel de París, saliendo de una fiesta concheta, del bracete de un magnate que se llamaba Dodi. ¡A la mierda Teresa y su muerte lenta, a la mierda la India y sus leprosos!

Lo mismo ocurrió el 15 de junio de 1986: todos festejábamos, enloquecidos, haber entrado con cierta facilidad en octavos de final del Mundial de México. La muerte de Borges, la noche anterior, se había convertido en un hecho menor. El 22 de ese mismo mes, mientras el cadáver del mejor escritor argentino de todos los tiempos era enterrado en Ginebra, en la televisión argentina Maradona hacía un quiebre de cintura, se llevaba por delante a siete ingleses y nos hacía olvidar, para siempre, que los gusanos empezaban a comerse al otro, al ciego, al que había dicho aquello tan cierto:

—"Morir es una costumbre que suele tener la gente".

Lo que Borges no sabía es que hay una costumbre aún más extendida: la de hacer zapping de una muerte a otra, a ver cuál de todas nos resulta más atractiva.

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Comentarios

  1. Cualquiera de nosotros podria decir, asi son las cosas, para todo hay que tener suerte. O aquello de más vale caer en gracia que ser gracioso.
    Pero pienso que nos equivocaríamos, hay momentos en los que hay que decir NO, así no son las cosas. Cada noticia tiene su valor y si no somos nosotros, los que decidimos, la mayor o menor notoriedad de las mismas, y lo dejamos en manos de la prensa, sucede que nos cambian nuestros valores, pues sus intereses, nada tienen que ver con la valia, del protagonista o la importancia del caso.
    Por lo que, nuestra lucha debe de ser. activa, no colaboradora. Tenemos que eliminar, de nuestras reflexiones las cuestiones, inducidas desde el poder mediatico sea del signo que sea este poder.

    Comentario de Pepe Ripoll hace 4 años y 57 meses


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