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Los Nadies








Descansa en Paz

Ioannes Paulus PP. II
Karol Wojtyla
16.X.1978
02.IV.2005



Descansa en Paz

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/index_sp.htm

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  1. ¿PONTIFICADO ENTRE CONTRADICCIONES?
    JUAN JOSÉ TAMAYO

    Empiezo por expresar mi respeto y reconocimiento por la gigantesca figura de Karol Wojtyla, que ha dirigido la Iglesia católica durante casi 27 años. Se trata, sin duda, de una de las personalidades más relevantes de la reciente historia del cristianismo, primero en su patria Polonia, en lucha contra el comunismo y en defensa de los derechos humanos y la libertad religiosa, y después en el Vaticano como jefe de un pequeño Estado y como máximo dirigente del catolicismo mundial, que cuenta con más de mil millones de seguidores. Ha sido punto de referencia mundial en cuestiones morales, políticas, sociales, religiosas. A él se han dirigido las miradas de líderes políticos, intelectuales y otras personalidades con profundo respeto, aunque no pocas veces desde el disenso.

    Ha sido una persona de profundas convicciones religiosas con las que ha sido consecuente tanto en el plano personal como en el ejercicio de su cargo; una persona creyente sincera y auténtica, que ha dado testimonio público de su fe en todos los ámbitos en los que se ha desarrollado su actividad, en todos los continentes, en los diferentes escenarios culturales y ante los creyentes de otras religiones. Un tipo de fe, sin embargo, no siempre compartido por el resto de los católicos por su tendencia a la credulidad más que al sentido crítico, como fue la fe promovida por el concilio Vaticano II y en buena medida por sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI.

    No resulta fácil hacer un balance de un pontificado tan largo, el segundo más largo de la historia de la Iglesia católica tras el del decimonónico papa Pío IX, que gobernó el Vaticano durante 32 años, de 1846 a 1878, con el que tiene no pocas similitudes ideológicas, doctrinales y disciplinares. Ha sido un pontificado que ha coincidido con acontecimientos de gran significación a nivel mundial. De entre ellos cabe citar los siguientes: la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher y el ascenso de los movimientos sociales; la caída del muro de Berlín y el avance del neoliberalismo; la vitalidad del cristianismo latinoamericano de signo liberador y el avance del neoconservadurismo en sus distintas modalidades; el avance de la involución en toda la cristiandad y el protagonismo de los movimientos neoconfesionales; el proceso de globalización de la economía mundial y el avance de los movimientos altermundialistas; la “revancha de Dios” a través del despertar de los fundamentalismos, instalados en la cúpula de no pocas religiones, pero también de los movimientos de liberación presentes en todas las tradiciones espirituales y religiosas; el "choque de civilizaciones" y las propuestas alternativas de diálogo entre culturas y religiones; la revolución feminista a través de las teorías de género y de los movimientos de emancipación de la mujer.

    Juan Pablo II no ha sido ajeno a ninguno de estos acontecimientos en el tránsito del siglo XX y XXI, sino que ha intervenido activamente en todos ellos de una u otra forma, algunas veces de manera decisiva, bien como testigo privilegiado bien como protagonista indiscutible. Y ahí radica una de las razones de su reconocimiento como líder mundial indiscutible. La característica que mejor define este pontificado es quizás la ambigüedad o, mejor, la contradicción, que parece inherente a la figura ya histórica del papa Wojtyla. Contradicción que se manifiesta en casi todos los campos de su actividad pública. Voy a centrarme en dos.

    En cierta medida a Juan Pablo II se le puede considerar un papa moderno, en el sentido de romper moldes, de traspasar barreras, de trascender la imagen estereotipada de sus predecesores, la mayoría de las veces recluidos de por vida dentro de los muros de la Ciudad del Vaticano, contemplando la realidad sin perspectiva y mirando el mundo por una celosía. Wojtyla ha sido persona extrovertida, vitalista, deportista, amante de la naturaleza. Daba la impresión – y creo que no era simple impresión, sino realidad- de sentirse más cómodo fuera de los muros de la ciudad del Vaticano que dentro. Cambió la silla gestatoria, en la que sus predecesores eran transportados en volandas por la residencia papal y sus alrededores, por el avión, que le convertía en ciudadano del mundo, en un papa cosmopolita, en una persona capaz de llegar hasta los rincones más escondidos del planeta. Hizo largos recorridos en el papamóvil para entrar en contacto directo con la gente y estrechar sus manos efusivamente. Nada en él apuntaba al hieratismo e impasibilidad seráfica de otros papas.

    Sin embargo, ese nuevo talante nos se ha traducido en reformas en la organización de la Iglesia católica, que ha dirigido de manera autoritaria sin concesión alguna a la colegialidad episcopal, ni a la corresponsabilidad eclesial y menos aún a la participación de seglares, sobre todo de las mujeres, que han seguido siendo mayoría silenciada y silenciosa. Tras la una personalidad carismática se escondía un pontífice que ejercía el mando de manera jerárquico-patriarcal.

    Juan Pablo II fue un papa popular, a quien le gustaban los baños de multitudes. En los balances de sus viajes se tenía como dato principal el número de asistentes a sus actos masivos, en los que actuaba con protagonista único. Las concentraciones en espacios abiertas le daban vida. Los encuentros con los jóvenes se caracterizaban por un clima de entusiasmo y por una identificación con su persona, al tiempo que generaban una alta temperatura emocional. Pero todo empezaba y terminaba en el espectáculo de masas. Pareciera que se utilizaba a la gente más como peana para erigir el busto del papa que como espacio de participación activa en la vida de la Iglesia. El pueblo a quien se le reconocía voz para aclamar al papa, no era consultado a la hora de tomar las grandes decisiones que le afectaban directamente. Éstas se tomaban en la Curia, que hacía caso omiso de la voluntad popular. Durante este largo pontificado el pueblo cristiano sólo ha sido escuchado para las loas y alabanzas, no para las críticas al deficiente funcionamiento de la autoridad eclesiástica. El pueblo que aplaudía y vitoreaba al papa, no podía votar a sus dirigentes, a sus representantes. La organización de la Iglesia se ha apoyado en el pueblo, pero no para pedirle su opinión, y menos aún tenerla en cuenta para decidir. Ha sido un pueblo con voz, pero sin voto.

    La muerte del papa me parece un momento privilegiado para plantearse en serio la democratización de la Iglesia católica donde debe empezar a regir el principio de las democracias modernas, aplicado a la elección de sus representantes: “un católico, una católica, un voto”. ¿Por qué la jerarquía eclesiástica defiende este principio en la sociedad y no es aplicado en el seno del catolicismo?

    Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Fundamentalismos y diálogo entre religiones (Trotta, Madrid, 1004).

    Comentario de Juan Antonio hace 4 años y 57 meses


  2. JUAN PABLO II, EL GRAN RESTAURADOR

    LEONARDO BOFF

    El Pontificado de Juan Pablo II ha sido largo y complejo. Sólo le haremos justicia si lo consideramos dentro de un amplio marco de temas que desde hace mucho tiempo preocupan a la Iglesia.

    ¿Cuál es la característica fundamental de este Papado? La restauración y el retorno a la gran disciplina. Juan Pablo II no se caracterizó por la reforma, sino por la contrarreforma. Representó la tentativa de detener un proceso de modernización que irrumpió en la Iglesia desde los años 60 y que estaba interesando a todo el cristianismo.De este modo retrasó el ajuste de cuentas que la Iglesia está haciendo en relación a dos graves problemas que la martirizan desde hace cuatro siglos.

    El primero está ligado al surgimiento de otras iglesias como consecuencia de la Reforma Protestante del siglo XVI, que fracturó la unidad de la Iglesia romano-católica y la obligó a tolerar otras iglesias que interpretaba como cismáticas y heréticas.

    La segunda gran cuestión deriva de la modernidad de las luces, con el surgimiento de la razón, de la tecnociencia, de las libertades civiles y de la democracia. Esta nueva cultura colocaba en jaque la revelación de la cual la Iglesia se siente portadora exclusiva y denunciaba la forma en que la Iglesia se organiza institucionalmente: como una monarquía absolutista espiritual en contradicción con la democracia y la vigencia de los derechos humanos.

    En relación a las iglesias evangélicas, la estrategia del Vaticano apuntaba a la reconversión a fin de restaurar la antigua unidad eclesiástica bajo la autoridad del Papa.

    Hacia la sociedad moderna la relación era de crítica y condena de su proyecto emancipatorio y secularizador con miras a recrear la unidad cultural bajo la égida de los valores morales cristianos.

    Las dos estrategias fracasaron. Las otras iglesias crecieron y se afirmaron en todos los continentes. La sociedad moderna, con sus libertades, su ciencia y su técnica se convirtió en el paradigma para el mundo entero. La Iglesia católica se vió transformada en un bastión de conservadurismo religioso y de autoritarismo político.

    Fue obra del buen sentido y la osadía de un Papa, Juan XXIII, la convocatoria de un Concilio Ecuménico para enfrentar valientemente aquellas dos cuestiones no resueltas.

    Efectivamente, el Concilio Vaticano II (1962-65) asumió como lema, no más el anatema sino la comprensión, no más la condena sino el diálogo. Respecto a las otras iglesias inauguró el diálogo ecuménico, que presupone la aceptación de la existencia de otras iglesias. Respecto al mundo moderno se planteó una reconciliación con las esferas del trabajo, la ciencia, la técnica, las libertades y la tolerancia religiosa.

    Pero aún faltaba el tercer ajuste de cuentas: con los pobres, que son la gran mayoría de la humanidad. Fue mérito de la Iglesia latinoamericana el recordar que no existe solo un mundo moderno desarrollado sino también un submundo subdesarrollado, que suscita una pregunta incómoda: ¿Cómo anunciar a Dios como Padre en un mundo de miserables? Sólo tiene sentido anunciar a Dios como Padre si somos capaces de sacar a los pobres de la miseria, si convertimos esta realidad de mala en buena.

    Es precisamente lo que hicieron los sectores más dinámicos en Latinoamérica, animados por algunos profetas como Helder Camara.La consigna era la opción por los pobres y contra la pobreza.

    El viraje alentó a muchos cristianos a ingresar en los movimientos sociales de liberación y hasta en frentes armados, mientras numerosos obispos y cardenales asumieron un papel destacado en el combate a las dictaduras militares y en la defensa de los derechos humanos, entendidos principalmente como derechos de los pobres.

    Juan Pablo II fue elegido Papa cuando estaba en curso ese proceso.Su Pontificado se situó desde el comienzo en la contracorriente de estas tendencias que eran dominantes. Seguramente fueron deteminantes en su postura su origen polaco y los círculos de la Curia Romana, marginalizados pero no derrotados por el Concilio Vaticano II.En Roma el nuevo Papa se encontró con la burocracia vaticana, conservadora por naturaleza, que pensaba lo mismo que él. Se estableció así un bloque histórico poderoso Papa-Curia con la meta de imponer la restauración de la identidad y la antigua disciplina.

    Las condiciones personales de Juan Pablo II lograron realizar de la mejor manera ese proyecto, gracias a su figura carismática, a su innegable irradiación, a su habilidad de dramatización mediática.

    Para realizar su designio de restauración se dotó de instrumentos adecuados. Reescribió el derecho canónico para que encuadrara toda la vida de la Iglesia, hizo publicar el Catecismo Universal de la Iglesia Católica y con ello oficializó el pensamiento único dentro de la Iglesia. Quitó poder de decisión al Sínodo de Obispos, sometiéndolo totalmente al poder papal, así como limitó el poder de las conferencias continentales de obispos, de las conferencias nacionales episcopales, de las conferencias de religiosos en los niveles nacional e internacional, marginalizó el poder de participación decisoria de los legos y negó plena ciudadanía eclesial a las mujeres, relegadas a funciones secundarias, siempre lejos del altar y del púlpito.

    Junto con su principal asesor, el cardenal Joseph Ratzinger, el Papa profesaba una visión agustiniana de la historia, para la cual lo que realmente cuenta es sólo lo que pasa a través de la mediación de la Iglesia, portadora de salvación sobrenatural.Según esa visión, lo que pasa por la mediación de los hombres y de la historia no alcanza la altura divina y es insuficiente ante Dios.

    Esta postura lo indujo a una fundamental incomprensión de la teología latinoamericana de la liberación. Esta afirma que la liberación debe ser obra de los propios pobres. La Iglesia es sólo una aliada que refuerza y legitima la lucha de los pobres.Para el cardenal Ratzinger esta liberación es meramente humana y carente de relevancia sobrenatural.

    Es preciso destacar que el Papa tuvo una visión corta y simplista de este tipo de teología, que interpretó con la lógica de sus detractores y, hoy lo sabemos, a partir de las informaciones que la CIA le suministraba, particularmente sobre la influencia de los teólogos de la liberación en Centroamérica. La interpretó como un caballo de Troya del marxismo que él estaba obligado a denunciar, en razón de la experiencia adquirida sobre el comunismo en su Polonia natal. Se convenció de que el peligro en Latinoamérica era el marxismo, cuando el verdadero peligro siempre ha sido el capitalismo salvaje y colonialista con sus élites antipopulares y retrógradas.

    En Juan Pablo II prevalecía la misión religiosa de la Iglesia y no su misión social. Si hubiera dicho «vamos a apoyar a los pobres y a comprometer a la Iglesia con las reformas en nombre del Evangelio y de la tradición profética», otro hubiera sido el destino político de América Latina.

    Por el contrario, organizó la restauración conservadora en todo el continente: desplazó a obispos proféticos y designó a obispos distanciados de la vida del pueblo, cerró instituciones teológicas y sancionó a sus docentes.

    Hubo una gran contradicción entre las actitudes del Papa y sus enseñanzas. Hacia afuera, se presentaba como un paladín del diálogo, de las libertades, la tolerancia, la paz y el ecumenismo; pidió perdón en varias ocasiones por los errores y condenas eclesiásticas en el pasado; se reunió con líderes de otras religiones para rezar, unidos, por la paz mundial. Pero dentro de la Iglesia acalló el derecho de expresión, prohibió el diálogo y produjo una teología con fuertes tonos fundamentalistas.

    El proyecto político-eclesiástico asumido por el Papa no resolvió los problemas que se había planteado en relación a la Reforma, la modernidad y la pobreza. Mas bien los agravó, retrasando un verdadero ajuste de cuentas.

    Las limitaciones de su estilo de gobierno de la Iglesia no impidieron que Juan Pablo II alcanzase la santidad personal en un grado eminente. Así fue, en el marco de una religión «a la antigua» con gran devoción hacia los santos y especialmente a Nuestra Señora, a las reliquias y a los lugares de peregrinación. Fue hombre de profunda oración. A veces al orar se transfiguraba y empalidecía, otras veces gemía y vertía lágrimas. Una vez lo sorprendieron en su capilla particular extendido en el suelo en forma de cruz, como en éxtasis, a semejanza de los iluminados españoles del siglo XVI.

    ¿A quién le corresponde la última palabra? A la historia y a Dios. Nosotros sólo podremos acceder a la historia, que nos dirá cuál fue su real significado para el cristianismo y para el mundo en esta fase de cambio de paradigmas y de cambio de milenio.

    Leonardo Boff, teólogo de la liberación, en 1985 fue castigado con un año de «silencio obsequioso» y depuesto de sus funciones editoriales y académicas en el campo religioso por las autoridades doctrinales del Vaticano. Copyright Comunica-IPS

    Comentario de Juan Antonio hace 4 años y 57 meses


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